Dirección editorial: Dra. Adriana O. DONATO
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¿Por qué un fármaco funciona en unas
personas y no en otras? ¿es posible modificar los genes defectuosos sin afectar
a los sanos?...Algunas de estas preguntas se están empezando a contestar en
estos momentos gracias a los avances en la farmacogenómica, un área de
investigación innovadora y de reciente desarrollo, y que en nuestro país tiene
un referente mundial: el Centro
de Investigación Biomédica EuroEspes (CIBE), situado en Bergondo, La
Coruña, y dirigido por Ramón Cacabelos. En definitiva, se trata de aprovechar
los recientes conocimientos que existen sobre el genoma humano para diseñar y
desarrollar fármacos a medida del paciente, de sus necesidades y sus defectos
genéticos. “Las variaciones genéticas que existen
entre las personas son una limitación fundamental para los tratamientos
actuales que se utilizan en el manejo de las enfermedades del Sistema Nervioso
Central. Cada persona reacciona de una forma diferente a un fármaco, de ahí la
necesidad de introducir tratamientos a la carta”, asegura Ramón Cacabelos. A
su juicio, “la farmacogenómica servirá para optimizar el rendimiento de los
fármacos, para dirigir el fármaco a la persona adecuada, para evitar efectos
secundarios y para evitar costes, es decir, no trabajar con ensayo y error, sino
dirigir el medicamento a la persona adecuada y a la patología adecuada”. Los progresos que se están logrando en
este ámbito, a pesar de su corta vida, requieren un urgente cambio de
mentalidad, tanto de las autoridades sanitarias como de la propia industria
farmacéutica, un cambio de mentalidad que es fundamental para que la farmacogenómica
evolucione. “Hay que pensar en la calidad de la atención, y eso pasa por ser
más racionales y específicos en el uso de tratamientos. En estos momentos, la
única manera de optimizar la respuesta terapéutica y de eliminar los efectos
secundarios de los medicamentos es con la farmacogenómica”, recuerda Ramón
Cacabelos. A pesar de la resistencia inicial ante todo
lo nuevo, incide el Dr. Cacabelos, “la farmacogenómica acabará por imponerse
en menos de 20 años. No hay alternativa; además, existe la ventaja adicional
de que se puede aplicar conceptos farmacogenómicos a un antibiótico, a un
antiinflamatorio, a un cardiotónico, a un fármaco para los ojos o a una crema
tópica y, por supuesto, a los medicamentos del sistema nervioso. De hecho, se
está utilizando ya en la esquizofrenia, en la depresión, en la enfermedad del
Alzheimer. Esto demuestra que la farmacogenómica es una ruta inevitable con la
cual, tarde o temprano, la industria y la Medicina se tienen que encontrar”. La ventaja de la farmacogenómica, en este
sentido, es doble: por una parte, se centra en el diseño de medicamentos
dirigidos a una enfermedad concreta que tiene un marcado carácter genético y,
por otra parte, en el diseño de medicamentos que eviten toxicidades debido a un
fallo metabólico. Se trata de utilizar el conocimiento de genómica
para desarrollar fármacos a los que responda un defecto genético en concreto y
no otro. “Cuando hay una enfermedad genómica detrás, los medicamentos hay
que dirigirlos hacia aquel gen que responde; así se evita utilizar fármacos a
granel, se previenen una gran cantidad de efectos secundarios, y se soluciona el
hecho de malgastar fármacos en un 30 ó 40% de los pacientes que no
responden”, asegura Ramón Cacabelos. Gracias a los avances registrados en el
conocimiento del genoma humano, se sabe que las enfermedades genéticas,
fundamentalmente, son de dos tipos: las enfermedades mendelianas (las menos
frecuentes), que se deben a un fallo genético puntual (si tienes la mutación,
se te manifiesta la enfermedad y eso sigue las leyes de Mendel); por otra parte,
están las denominadas enfermedades alogénicas y multifactoriales, que están
asociadas a múltiples defectos distribuidos a lo largo del genoma humano y que,
además, están influidas por el entorno (en esta categoría están el 80% de
las patologías del sistema nervioso central). En EuroEspes, según apunta Ramón
Cacabelos, “identificamos los grupos de genes que están asociados con la
etiopatogenia de una enfermedad degenerativa neurológica o psiquiátrica
concreta, y estudiamos cómo esos genes inciden en la enfermedad y el papel que
tienen”. Con los conocimientos actuales, se sabe que
la enfermedad de Alzheimer se asocia a más de 30 genes distinguidos a lo largo
del genoma, donde unos están mutados y otros no. Pero es el resultado de la
integración de todos esos genes lo que va a hacer que al final se manifieste o
no. Cuantos más genes estén afectados, la enfermedad se manifiesta antes,
tiene un curso mucho más rápido y responde peor al tratamiento. Cuantos menos
genes estén afectados, la enfermedad aparece más tarde, su curso es mucho más
lento y la respuesta terapéutica es mucho mejor. Entonces, lo que se hace con
la genómica funcional es analizar cómo interactúan todos estos factores,
mientras que con la farmacogenómica se consigue que un determinado fármaco actúe
sobre el genoma afectado de ese paciente. “En este sentido, en EuroEspes, por
una parte, hacemos el diagnóstico genómico integrando todos los genes posibles
y, al mismo tiempo, investigamos la respuesta terapéutica asociada a ese
colectivo genético concreto”, destaca el Dr. Cacabelos. Fuente: A Coruña, 6 de marzo de 2003.
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